Por José Cruz Delgado.
Hace casi 30 años, cuando era apenas estudiante y corresponsal de un diario nacional, tuve la fortuna de conocer el Valle de Apatzingán, tierra de gente trabajadora y valiente. En ese entonces nadie imaginaba que ese valle hermoso, tranquillo y productivo se convertiría en la zona más violenta e insegura de Michoacán, incluso del país. Conocí entonces a Javier Lozano, director del periódico Presencia de Michoacán, a Julio César Silva Alemán, del semanario Penetración, al igual que a su papá (qepd), que en ese tiempo era dueño del bar El Bohemio, famoso por el caldo de iguana. En esos ayeres me invitó mi compañero de preparatoria, hoy médico, Marcos Sepúlveda Ceja, quien me invitó a El Aguaje, una población tranquila y rica en agricultura. En ese tiempo nos paseábamos por todas partes con tranquilidad, desde Apatzingán hasta Aguililla, Coalcomán, Tepalcatepec, Coahuayana y Aquila, su gente era amable y atenta con los fuereños, no había problema alguno.
No me imaginé que años después y hasta la fecha, Apatzingán, famoso por la agricultura, su gente amable y tranquila se convertiría en una zona de guerra, municipio lleno de conflictos por la disputa del poder entre grupos de gente armada que poco a poco se fue adueñando de la Tierra Caliente obligando a esa gente trabajadora a emigrar a otros Estados, incluso, Estados Unidos, abandonando sus tierras, sus cultivos y propiedades ante la inseguridad.
Actualmente, la gente teme desplazarse a la Tierra Caliente, incluso hasta los propios lugareños ya no hacen viajes a otros municipios por temor, el turismo se vino abajo y muy pocos se atreven a salir de sus municipios en vehículos propios. En esos tiempos, en las comunidades, se acostumbraba a que los varones encontraban una mujer sola y se quitaban el sombrero y se inclinaban en señal de respeto, hoy, las mujeres no pueden salir por temor a ser secuestradas, asesinadas o ultrajadas, se perdió la caballerosidad a causa de la violencia.
Siendo corresponsal me invitaron a conocer el otro lado del Río Grande, donde las tenencias tenían muchas carencias, sobre todo requerían de un puente para cruzar a Apatzingán con sus cosechas a venderlas, la gente amable me atendió como rey y me asombró su sencillez, todo lo ofrecían de corazón. Hace unos meses comenté a una persona de esa región que quería ir de nuevo a ver cómo estaba la situación y me llevé una gran sorpresa cuando me dijeron: Si se quiere morir solamente cruce el puente, ya no hay regreso, ya no es lo que era antes, de usted depende vivir o morir.
En una ocasión entrevisté en Apatzingán a don Rafael Álvarez Sánchez, un señorón muy respetado por los apatzinguenses y sus alrededores. Usaba un sombrero de ala ancha, la verdad imponía respeto. Todo mundo la pedía consejos, desde jóvenes, mujeres, matrimonios y hasta autoridades, era en sí un sabio para su pueblo. Incluso, sin ser actor fue invitado a participar en varias películas donde casi siempre hacía el papel de Comisario y los extras era la gente del mismo pueblo.
Don Rafa me comentó en esa entrevista que la gente de Tierra Caliente era buena, noble, trabajadora y valiente, pero que desgraciadamente empezaron a llegar personas de otros lugares y empezaron los problemas, gente armada y con mañas y empezaron a jalar principalmente a los jóvenes ofreciéndoles grandes cantidades de dinero y empezaron a enrolarse en actividades ilícitas. Después se les veía en grandes trocas del año y fajos de billetes, los jóvenes empezaron a corromperse con el poder y el dinero.
Antes, me dijo, sí había rencillas entre familias se mataban a la buena frente a frente y se acababan los problemas porque se mataron como los hombres, hoy es una lástima que maten por la espalda, lamentaba Don Rafael al tiempo que acariciaba la cacha de su pistola. “Mire amigo, es una lástima que a nuestro pueblo (Apatzingán) se le vea como tierra de matones y narcotraficantes, aún hay mucha gente honrada y trabajadora, ya no queremos que nos miren como personas malosas, que dizque somos matones, no es cierto, no somos dejados, si nos buscan nos encuentran pero no somos malos como lo quieren hacer ver en el país, incluso en el extranjero, creen que porque somos de Tierra Caliente, concretamente de Apatzingán somos sicarios o narcos, ojalá un día el gobierno nos mire de manera diferente, pero que haya oportunidades de trabajo para los jóvenes para que no vayan con la gente mala. Esas fueron las palabras de Don Rafael Álvarez, las últimas que me dijo en esa entrevista porque no lo entrevisté más. Al morir Don Rafa se llevó el cariño y reconocimiento de su pueblo y de toda la gente que lo conoció.
Ojalá que Apatzingán vuelva a ser lo que fue hace 30 años cuando lo conocí, tierra de gente humilde, trabajadora y valiente y no lo que es ahora, Tierra de Nadie.









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