Por Javier Lozano
En medio de las designaciones o de un impasse, se ha generado un clima de confusión que, de no atenderse rápidamente, podría jalar un efecto negativo. Sería algo así como un impulso adverso que, para colmo, solo ayudaría a que la oposición gane terreno y, con ello, ponga en riesgo la revalidación de los triunfos obtenidos en 2021 gracias a la suma de las tres fuerzas políticas que constituyen la coalición Seguimos Haciendo Historia. Con esa representación, a lo largo de estos años, el Partido del Trabajo ha sido fundamental para ganar ejercicios democráticos. A partir de entonces, gracias a los votos del PT, también se han coronado una lista de reformas constitucionales.
Sé que muchos dirán que el movimiento más nutrido camina con la marca de Morena. Tal vez. La única cuestión que añadiría es que, por sí solo, el partido guinda no hubiese conquistado ese andamiaje de prioridades que puso sobre la mesa la presidenta. Durante todo este tiempo, asimismo, la suma de las tres fuerzas ha facilitado triunfos en entidades porque se le inyectó una enorme participación y dinamismo de la simpatía petista. Incluso, es absurdo decir que Morena ha sido capaz de lograr todo lo que se avanzó por sí sola. Hay quienes tienen el hábito o la costumbre de asegurar eso. En este caso, como en muchos otros, la cohesión es la pieza crucial del engranaje. Aunque muchas veces no lo mencionan públicamente —dado que unos cuantos se quieren colgar la medalla—, la colaboración es la que siempre favorece el triunfo mayoritario.
A lo largo de los meses, dada la lectura de las propias encuestas, se han revelado pormenores que indican que los porcentajes del Verde, lo mismo que los del PT, resultan precisos. Son, de manera simple, los cimientos de esos pilares que sostienen esta enorme estructura territorial. Al ser indispensables, por lo tanto, hay que equilibrar la cadena de mando. Esto significa, además de abrir el diálogo, el consenso y las negociaciones, que habrá de privilegiarse una toma de decisiones compartidas. Hoy, en efecto, vemos determinaciones dispersas que, en retrospectiva, están generando tensiones y, por ende, fisuras que no pueden ignorarse ahora que el PT tomó una pausa en la designación de coordinadores. De entrada, no se está respetando el claro objetivo de construir un órgano colegiado para validar las postulaciones. Aunque el PT les ha hecho la recordatoria de manera pública y en privado, el CEN de Morena hace caso omiso. Por eso, esto, de seguir así, desencadenaría una lucha sin cuarteles.
Morena, como han adelantado los especialistas en política, no está en posición de romper con los aliados. La cuestión es que, a todas luces, se ha hecho una costumbre que la dirigencia nacional camine con los ganadores de la encuesta para proclamarlos coordinadores. Al normalizar eso, evidentemente dan por hecho que no importa lo que piensen los aliados. De hecho, el Partido del Trabajo ha quedado totalmente relegado. Es bastante obvio que se están tomando determinaciones sin considerar su opinión. Todo eso, más que un clima de tensión, fomenta el divisionismo que, a tirios y troyanos, puede acelerar la ruptura definitiva, mayormente cuando no se reconoce ni la más mínima voluntad para entablar comunicación.
Es verdad: hace unos días, Citlalli Hernández, comisionada para destrabar las pugnas internas dada su experiencia, dijo que la alianza entre las tres fuerzas sigue en pie. Al menos en el papel hay intenciones de recomponer las brechas que se han generado; sin embargo, hay una diferencia abismal entre pretender y llevar la realidad a los hechos. Dadas las características, podemos interpretar que todo sigue prácticamente igual; es decir, el PT pasó a segundo plano, al menos hasta ahora. Basta mirar sus ausencias en las presentaciones que ha realizado para saber que, pese a la estructura sólida que representa el petismo, no se ha flexibilizado la toma de decisiones.
El PT, por lo menos, tiene todo el derecho de encabezar una entidad de las diecisiete que estarán en disputa. Hay que abrir el abanico y repartir equitativamente los puestos de elección popular. De no ser así, tal y como hemos venido viéndolo, puede ocurrir una debacle para el lopezobradorismo porque implica un costo muy elevado y, de paso, abrirá una herida muy profunda que será difícil de sanar. Los casos más recientes de Veracruz y Durango, que por capricho de las dirigencias estatales de Morena no signaron un acuerdo, perdieron fuerza. No bastó la marca ni el efecto que venía jalando Andrés Manuel López Obrador. Lo que sí aconteció, al consolidar la confianza de la población, fue el efecto a favor que ganó el PT. Ellos, sin alianzas, conquistaron un número sustancial de presidencias municipales y diputaciones locales.
En concreto, al Partido del Trabajo no se le debe minimizar ni subestimar. Su capacidad y el poder de convocatoria, probados desde hace décadas, dejan constancia de que puede competir sin alianzas. De hecho, ha aumentado su margen de maniobra en las entidades con perfiles y liderazgos sólidos. Por eso, habiendo todavía tiempo, Morena puede rectificar antes de que sea muy tarde. Primero, de manera pública, debe reconocerle su aportación al PT y, después, equilibrar la balanza en el reparto de posiciones.
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